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“Entiendo a los soldados a pesar de que mataron a mi hijo. Cumplían órdenes”: Alfamir Castillo

Por: La Silla Vacía

Lunes 23 de septiembre de 2013

Por J. Marcos y Mª Ángeles Fernández

La existencia de Alfamir Castillo se quedó congelada en febrero de 2008.

Su hijo Darvey Mosquera llevaba una semana sin trabajar, así que aceptó la propuesta del amigo de un ‘amigo’, que resultó ser soldado profesional: 60.000 pesos diarios libres de comida por instalar tuberías de gas.

A punto de cumplir 24 años y junto con otros dos amigos, Álex Hernando Ramírez y José Didier Marín, salió del municipio vallecaucano de Palmira con destino a Pereira. Madre e hijo hablaron por teléfono dos días más tarde y quedaron en verse el fin de semana.

Fin de una realidad y comienzo de otra: “Cuando llegué a la funeraria de Manizales me preguntaron si era capaz de ver las fotos. Mi hijo aparecía tirado en el piso, con señales de tortura. Me quería morir. Estaba yo sola. Fue horrible”.

Alfamir ha perdido la cuenta de las veces que ha sido amenazada por llevar ante la justicia a los responsables de matar civiles a los que se hizo pasar por guerrilleros fallecidos en combate. Las muertes de Darvey Mosquera y Alex Hernando eran un caso más de los ‘falsos positivos’.

Gracias a su arrojo, cinco soldados -Germán Bermúdez, Javier Dorado, Róbinson Ruiz, Deimar Ipia y Alonso Iván Palacios- y dos superiores –el subteniente José Arvey Peña y el cabo Carlos Magrovejo- ya han sido condenados a penas superiores a los cuarenta años de prisión, en uno de los pocos episodios de ‘falsos positivos’ que no ha quedado en la impunidad. La clave del caso son dos testigos muy incómodos: el sobreviviente José Didier y el soldado profesional Ernesto Quintana, primo de Darvey.

Esta es la historia de Alfamir:

¿Cuál es la situación actual del caso?

La lucha sigue más allá de las siete condenas. Había una audiencia el 12 de agosto pero se aplazó por petición de los abogados de uno de ellos. Se está juzgando al capitán Julio César Álvarez, que sí está dando la cara; al mayor Josué Yobanny Linares, quien está prófugo; y a un civil acusado de ser la persona que les llevó hasta el sitio del asesinato. No han puesto aún nueva fecha de audiencia.

¿Por qué dice que la situación es más difícil de lo que era antes?

El mayor Linares era quien dirigía a los dos superiores ya condenados. Pero por encima todavía hay otras dos personas, los coroneles Emiro José Barrios y Jorge Enrique Navarrete, que en diciembre de 2012 fueron ascendidos a brigadier general. De ellos salió la orden superior y fueron ellos quienes realizaron el pago, porque hay constancia. Los abogados están trabajando en eso.

Foto: La Silla Vacía

"El mayor Linares era quien dirigía a los dos superiores ya condenados. Pero por encima todavía hay otras dos personas, los coroneles Emiro José Barrios y Jorge Enrique Navarrete, que en diciembre de 2012 fueron ascendidos a brigadier general".

– Alfamir Castillo ¿Por qué sospecha que detrás de la muerte de su hijo Darvey están algunos militares?

Porque llegó a casa Ernesto Quintana, un sobrino de mi esposo, preguntando cómo había sido la muerte de mi hijo. Nos confesó que pertenecía al Batallón de Contraguerrilla Mártires de Puerres, el grupo que asesinó a mi hijo, y que el asesinato no había sido por casualidad. Lo ordenó el comandante que los mandaba en ese entonces. José Peña Ramírez estaba al mando de compañía Atacador, integrada por los soldados directamente involucrados en el operativo. Ernesto formaba parte del mismo batallón pero no presenció los hechos porque lo habían separado de la operación un día antes de que se ejecutara. Llevaba más de siete años como soldado profesional y se enteró al ver el álbum de fotos de la operación.

El soldado Quintana reconoció a su primo entre uno de los asesinados. Es una figura clave, un testigo muy incómodo.

Es uno de los dos testimonios sobre los que se sustenta el caso. Su propio batallón había asesinado a su primo, así que fue a pedir explicaciones al subteniente Peña, quien lo llevó al mayor Linares. Le pidieron calma y silencio para solucionarlo, le dijeron que pensara bien la demanda que quería poner porque perjudicaría a mucha gente. Le dieron unos días de vacaciones y unas remesas para nosotros. No quiso la plata pero sí el permiso.

Saliendo, su compañero Palacios, uno de los soldados ya condenados, lo llamó para advertirle que Linares había mandado asesinarlo dentro o fuera del batallón. Ante el peligro que corría su vida, decidió no presentarse nuevamente en el batallón y estuvo tres meses escondido porque lo buscaban por cielo y tierra.

El sobrino de mi esposo va a contar todo lo que sucedió en el contingente. Participó en dos casos de asesinato.

Lo sacaron del país como testigo protegido, que es como está ahora junto con Didier, el compañero de mi hijo que no fue asesinado.

¿Un hecho tan excepcional como la sobrevivencia de Didier tiene la llave de la condena de los siete militares?

Si Didier no hubiera sobrevivido no se hubiera sabido nada de esto. Hubiera sido otro crimen que queda en la impunidad. Aunque documentalmente el caso tiene un soporte probatorio muy grande.

¿Alcanzó a hablar con él?

Hablé con Didier quince días después del asesinato. Nos contó que se habían desviado antes de llegar a Manizales. El soldado profesional, Alonso Iván Palacios, y los tres muchachos iban en un taxi cuando, de repente, les salió a la carretera el Ejército con la cara tapada. Les dijeron que bajaran para una requisa habitual. El taxista aprovechó para irse con sus equipajes. El militar profesional se separó para hablar con uno de sus compañeros, mientras a mi hijo y a Álex Hernando, el otro compañero asesinado, les dijeron que se sentaran en la cuneta. A Didier se lo llevaron a otro lado, a unos seis u ocho metros.

Al primero que mataron fue al amigo de mi hijo, que arrancó a correr. Por eso los seis tiros que tiene son por la espalda. Dispararon 102 cartuchos y le dieron seis; así lo reflejan las pruebas.

Cuando fueron a asesinar al tercer muchacho se les trabó el arma, y se tiró por una pendiente a oscuras. Cuando habló conmigo todavía estaba cojo. Cayó muy mal. Decía que el dolor era impresionante. Pero vio una especie de casa y se arrastró hasta ella como pudo. Se quedó tapado con leña. Escuchaba cómo el teniente arengaba a los soldados para que lo encontraran, pero las horas fueron pasando y empezó a clarear. Ya no lo iban a buscar porque la gente empezaría a preguntar. Entonces salió y desesperado, sin confiar en nadie, consiguió llegar a Cali.

¿Qué pasó inmediatamente después?

El Batallón de Contraguerrilla Mártires de Puerres hizo un reporte de las operaciones y presentó los asesinatos como muertos en combate, como integrantes de una banda criminal muerta en medio de operaciones militares en la Operación Fénix.

Y es que, por cada asesinato positivo que demostraran recibían diez días de compensación en vacaciones. Durante un año tuvieron seis meses de descanso. El número de muertes también estaba ligado a los ascensos y, en diciembre de 2012, dos de los implicados fueron ascendidos a generales de la República a pesar de las pruebas. Nos preocupa que sigan reportando positivos que resulten tan falsos como los anteriores. Existía una máquina de muerte.

Los militares lo niegan, obviamente. Se declaran inocentes. Igual que hicieron los cinco militares condenados hasta el final, a pesar de todas las pruebas que había. Decían que tuvieron que disparar porque los muchachos tenían armas y dispararon primero. En el caso de mi hijo falsificaron firmas a la hora de las recompensas, como llaman ellos al ascender por matar gente. Cada soldado recibió alrededor de tres millones de pesos y un mes de permiso. Aparte, se gana muchísima plata con cada ascenso.

¿Cuáles son las pruebas que hay contra ellos?

Uno de las pruebas que manejan los abogados es precisamente el oficio que escribe el mayor Linares al comandante de la Octava Brigada, Julio César Toro, solicitándole que los uniformados pertenecientes al Batallón Mártires de Puerres fueran felicitados en la Orden Semanal porque “se logró la muerte de 02 terroristas NN sexo masculino, al parecer pertenecientes a las Bandas Criminales al Servicio del Narcotráfico (BCSN), en momentos en que disponían a cobrar extorsión”.

¿Qué castigo espera a los militares condenados?

Los militares pagan prisión en guarniciones militares. Esto implica que no existe ningún régimen de privación de la libertad, pues son objeto de premios. Por portarse bien les dan 12, 24 y 36 horas. Mi hija mayor es una de las testigos del caso. En diciembre fue a Cali a hacer unas compras; vio a uno de los que están condenados comprando películas por el centro y se tuvo que esconder. Estamos en un riesgo inminente.

Pero entiendo a los soldados a pesar de todo lo que hicieron: a ellos les dieron una orden y estaban prestando un servicio. Los entiendo a pesar de que fueron quienes directamente mataron a mi hijo y al compañero. Recibieron una orden y la tuvieron que cumplir.

¿Cuál es el objetivo final de su lucha?

Hasta ahora hemos conseguido condenar a siete militares, a 42 y 43 años. Cinco soldados y dos tenientes, respectivamente. Pero el proceso de Darvey sigue porque hubo un dinero que el Ejército pagó por el asesinato. Ahora a quien se está procesando es a quienes dieron ese dinero para que los mataran. Los tenientes reciben órdenes de los dos que han sido ascendidos a brigadier general en noviembre. En total son nueve personas.

Lo que quiere probar el abogado Jorge Molano es que fueron los recién ascendidos quienes pagaron el dinero y que, por eso, deben bajarles el ascenso. Pero hasta ahora son intocables.

Son muchas las amenazas que lleva sobre las espaldas. ¿Merece la pena?

Confío en el buen resultado final. Aunque es mucho ya lo que ganamos condenando a los militares, pues la mayoría de los casos similares quedan impunes. Es una de las pocas veces en que ha habido condena. Pero no se visibilizó cuando se debía, en el momento de la condena. Se quedó en Manizales y los medios de comunicación de aquí no le dieron mucha cobertura.

¿Cómo sigue viva?

Tuve mucho miedo y ganas de tirar la toalla cuando se supo, por ejemplo, que el taxista que llevaba a mi hijo y a los otros muchachos era de las bacrim, que son grupos auspiciados por el propio Gobierno, salidos de los militares o de los paramilitares a quienes, antes de retirarse, les ofrecen mucho más. Es un círculo vicioso.

La situación de riesgo es muy grande. No me han asesinado porque, primero, he tenido mucho cuidado y, segundo, porque de pronto al Ejército no le conviene. Si no, ya me hubieran asesinado. Creo que cuando uno no se va a morir, no se muere.

Esta entrevista fue realizada fuera de Colombia por J. Marcos y Mª Ángeles Fernández, dos colaboradores externos de La Silla Vacía

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