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Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad

Veinte y treinta y tres

ERICK ARELLANA BAUTISTA

Sábado 1ro de septiembre de 2007

Somos pensamiento me dicen los mayores y como origen te miro, no sé exactamente qué de tu cadena genética desprendiste en la mía. Tengo claro en el pensamiento que heredé el amor por la vida. Esta vida que está antes de la muerte, este amor que antecede al dolor. Viendo las mujeres parir, podría decir que el amor por la vida conlleva en sí mucho dolor. Sentimientos, sensaciones, percepciones, visiones. Es nuestra forma de entender el mundo, la cultura, la cosmogonía. Nuestra forma de interpretar el mundo. Y quizás también podríamos reinventarlo, reinventar nuestro presente para transformarlo, para cambiar la realidad.

Una tarde caminando por las calles de Berlín, jugando con Pedro a renombrar las calles de Bogotá, jugando a ponerles los nombres de los desaparecidos, haciéndoles un reconocimiento, un monumento que fuese una constante en nuestro presente y una manera de hacer memoria, me dijeron que la Fiscalía ordenó sacar tus huesos del número 69 de los nichos del panteón de los héroes del cementerio central. Que iban a probar si según sus registros tu cuerpo era tuyo, para comprobar tu existencia.

Como pasa con todos los asesinados en la historia de nuestro país, sus historias de vida, de amor y de lucha, que en muchos son las mismas, son negadas por el evento trágico en el que terminaron sus vidas. En vuestro “caso” de “desaparecidos”. Contigo se llevaron a Cristóbal, y su nombre es parte del aire como dice la canción. Tus huesos nos los devolvió la Fiscalía tres años después en unas cajas llenas de sellos y cintas, junto a un resultado que decía que según la prueba de ADN, sí seguía siendo tuyo tu cuerpo, y nos los entregaron para volverte a enterrar en un lugar más seguro, donde no abren nunca las puertas para llevarte una flor. A Cristóbal no lo encontramos aún…

Hablando de canciones y de huellas, miro los ojos nublados del abuelo, que pretenden mirarme sin verte a vos, y me dice que ya tengo tu edad, que está marcado en nuestro destino, si supero las pruebas del camino, este camino de la vida estará abierto para mí muchos años, según el viejo. Entre sus afirmaciones se cuela el humor negro de quienes recuerdan que a muchos se los llevaron en los treinta y tres, como a Cristo, el Cristo rebelde e insurgente, el Cristo obrero, el Cristo estudiante, Cristóbal.

Ya hemos vuelto de esa larga travesía que significa el exilio, a quedarnos en este lugar por donde transitan nuestros pensamientos, que como le oí afirmar a una indígena Embera, es el territorio. Nuestro territorio. Por los caminos andados en este retorno podría decirte que todo permanece igual, que las injusticias son ley, que los asesinos son héroes y que la dignidad humana aún se resiste a ser pisoteada a pesar del exterminio.

Nuestro país está como en tiempos de la conquista, vienen los bárbaros con sus empresas de la religión del mercado a imponer su nueva fe. Convierten a la fuerza a campesinos, indígenas y comunidades afro, con argumentos de un progreso que nos llevará a todos al desierto de la desesperación.

La explotación sin medida de la naturaleza, la contaminación, la misma guerra por la tierra y sus haberes, por donde la mires han decidido vencernos, primero con el exterminio de aquellas gentes lúcidas, como ejemplo dicen ellos para evitar masacres, masacrando dicen ellos para dar ejemplo de su poder, limitando el paso a cualquiera que se atreva a andar sin su permiso, sin su consentimiento y sin colaborar con su cadena de señalamientos que nos tiene a todos en un registro, en uno parecido en el que te tenían a vos, hasta creer que se desharían de esa molestia que representaste para su régimen de terror, de miedo y de impunidad.

Todo por lo que decidiste entregar hasta la vida. El tiempo corre como un río que no nos detenemos a observar, pero al mirar su cauce nos quedan los números para usarlos de referentes. A veinte años de tu homicidio, los jueces dicen que no hay responsables de tu muerte y recuerdo a Toñín diciendo que tenías veinte años cuando me pariste. Recuerdo tus ojos brillantes como un horizonte y en el río del tiempo puedo afirmar que hoy te extraño, como te extrañé hace veinte, cuando tenías treinta y tres.

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