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El sufrimiento de Íngrid

Por: Iván Cepeda Castro

Domingo 9 de diciembre de 2007

Relatos de los sobrevivientes de experiencias de prolongada privación de la libertad narran que en determinado momento puede sobrevenir una especie de indiferencia definitiva hacia los actos vitales que garantizan la subsistencia. A esta condición se llega no sólo por efectos del agotamiento físico motivado por la extrema degradación de la existencia que entraña el cautiverio. La progresiva renuncia a seguir cumpliendo con la rutina de supervivencia no es principalmente la manifestación de una condición corporal. Su esencia es el hastío moral que lleva al rehén a la negación total a continuar cumpliendo órdenes denigrantes y a seguir siendo ultrajado.

La imagen de Íngrid Betancourt en la selva, luego de años de secuestro, es la imagen de la ignominia, y al mismo tiempo de la dignidad. Su carta representa el testimonio de la actitud estoica con la que ha sabido enfrentar todos y cada uno de los padecimientos que le ha impuesto la crueldad de sus captores. Esa imagen y esa carta son la peor derrota que ha experimentado la guerrilla en su historia. Ni los bombardeos ni los operativos militares del Plan Patriota son tan devastadores para las Farc como la constatación irrefutable del punto al que ha llegado la monstruosa práctica del secuestro en Colombia. Las Farc deben renunciar definitivamente a esta despiadada modalidad de financiación y chantaje.

Las palabras de Íngrid además de ser la recapitulación del sufrimiento que han soportado durante largos años ella y cientos de secuestrados, contienen una reflexión y un llamado a la conciencia de todos los colombianos y colombianas. Como miembros de una sociedad habituada a la atrocidad hemos perdido la vergüenza por el daño causado a otros y por la indiferencia colectiva que posibilita que la vida cotidiana siga como si nada estuviera aconteciendo desde hace décadas en nuestro país; la vergüenza que debiera impedirnos seguir considerando que vivimos en la normalidad; la vergüenza que debiera impulsarnos a la sublevación radical ante toda forma de violencia y de injusticia. Ese sentimiento constituye el principio de la convivencia civilizada y es el que evitaría aceptar indolentemente el horror que a diario presenciamos en medio de la más repugnante trivialidad. Ese sentimiento ético primordial, que está por encima de toda ideología o todo credo religioso, es parte de lo que Íngrid llama la sed de grandeza a la que debemos aspirar y “que hace surgir a los pueblos de la nada hacia el sol”.

El tiempo de Íngrid y de los demás secuestrados se agota. La fragilidad de su salud y la convicción del Gobierno de que es posible rescatarlos por la vía militar en medio de la intensificación de la guerra, acentúan los peligros. La prolongación indefinida de su ya de por sí dilatado cautiverio tendrá secuelas irreversibles sobre sus vidas y sus familias.

Ya no hay más tiempo: la condición inhumana a la que han sido reducidos los secuestrados, que los coloca al borde de la muerte, así como la obsesión presidencial por convertir su rescate a cualquier costo en trofeo de la seguridad democrática, le confiere carácter urgente al empleo de todos los canales posibles para facilitar el canje humanitario.

Me uno a los familiares de los secuestrados en este difícil momento para respaldar la gestión de esa otra mujer ejemplar, que también padeció el cautiverio, la senadora Piedad Córdoba. Su entrega a esta causa contrasta con la mezquindad del Gobierno, que tiene el corazón grande para los jefes paramilitares y la mano dura para las víctimas.

fm_cepeda@yahoo.fr
Tomado: El Espectador


Rabia en el corazón He leído y releído la carta que Íngrid le envió a su mamá y no deja de dolerme cada frase, cada palabra. He sentido la rabia que nace en el corazón.
Por: Alfredo Molano Bravo

He leído y releído la carta que Íngrid le envió a su mamá y no deja de dolerme cada frase, cada palabra. He sentido la rabia que nace en el corazón. Más allá de sus sentimientos —bellos y limpios— que expresa sobre sus hijos, sus padres, su gente, me conmueve la nobleza que el texto expresa. Porque a pesar de las condiciones en que las Farc la obligan a vivir, no le encuentro odio contra una organización que de su parte y de la de muchos colombianos, lo merece. Yo he defendido siempre la diferencia entre justificar y explicar. Una explicación nunca es una justificación. Se puede explicar la Inquisición, los campos de concentración y los genocidios. Pero, desde luego no se justifica ninguna de esas políticas violentas. La explicación de un hecho está en un plano lógico o social, o político o psíquico. La justificación es un asunto ético. No obstante, en el caso de Íngrid no hallo ninguna justificación, y lo más grave, tampoco una explicación diferente a la que está implicada en el régimen carcelario en que los gringos mantienen a Simón Trinidad. En los dos casos no median consideraciones de seguridad sino una especie de retaliación ejemplarizante. Negarle a Íngrid un diccionario enciclopédico, quitarle las cartas de sus hijos o sobrinos, requisarle el escapulario de su padre o no darle la noticia a tiempo de su muerte, son simple y llanamente un tratamiento atroz. Similar a la que los gringos han usado con los musulmanes en Guantánamo o en las cárceles donde están condenados a la soledad y el aislamiento los acusados de terrorismo y traición a la patria. Ni hablar de justificación en estos dos ejemplos de deshumanización.

Hace pocos días ante un corresponsal extranjero reaccioné condenando tanto a las Farc por las condiciones en que tienen a Íngrid —que deben ser generales para todos los cautivos—, así como por la muerte en vida a que la justicia norteamericana tiene condenado ya a Simón Trinidad. He rechazado también la guerra, la tortura, el secuestro y toda política que aliente estas brutalidades. Dije además que yo no veía —y no veo— que el llamado intercambio humanitario que tanto alboroto ha causado en estos días se funde en razones éticas sino en razones meramente políticas. Sin duda que a Chávez, a Uribe y a Marulanda les duelen los secuestrados, pero las negociaciones que puedan hacer posible su libertad tienen un carácter en esencia político. Lo mismo pienso del papel que de hecho está asumiendo Sarkozy o podría jugar Kichnner. Exceptúo de este juego, legítimo por lo demás, a Piedad Córdoba, que ha echado por delante el corazón en el intento. Todos los jugadores apuestan a sacar partido político y electoral de su intervención. Cuando Uribe vio que las Farc estaban recuperando imagen política, suspendió de rayo la mediación de Chávez, que sin duda iba por buen camino en cuanto a la liberación de los secuestrados, argumentando que los desarrollos de la facilitación estaban en contra de la Seguridad Democrática, su programa político, al que subordina la vida misma de miles de colombianos, incluyendo, claro está, la de Íngrid y compañeros de cautiverio. El argumento del Presidente es una falacia. El despeje de Florida y Pradera no afectaba las estrategias de la guerra que nos tiene secuestrados a todos, pero sí, y de manera notable, golpeaban el ego diabólico de Uribe. Diría lo mismo de la terquedad del secretariado de las Farc, que, no obstante, la vi vacilante con la intervención de Chávez. Creo que doña Yolanda, la valerosa mamá de Íngrid, percibe lo mismo al insistir en la participación de Chávez. Me parece que la gran presión internacional, respetuosa y diligente, a favor del intercambio que está creando Sarkozy no sólo erosionará los pedestales de Uribe y de Marulanda sino que —y sería lo más importante— podría poner el intercambio en el sitio que le corresponde por tener un carácter esencialmente político: en la solución negociada de esta guerra, cada vez más difícil de explicar.

Tomado: El Espectador


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