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Crónica

La Comunidad de Paz de San José: ejemplo de resistencia y dignidad

Por Hugo Idárraga - PDA

Sábado 26 de enero de 2008

La Comunidad de paz de San José se encuentra ubicada aproximadamente a media hora en carro de la ciudad de Apartadó. Para llegar es necesario tomar una carretera que en varios de sus trechos se encuentra en muy mal estado. Hace poco la arreglaron, cuentan algunos habitantes del corregimiento, pero ahora, poco tiempo después, empezó de nuevo a dañarse. La corrupción, como un mal que prolifera a lo largo del país, no fue ausente en las obras para esta carretera. El padre Javier Giraldo, quien acompaña el recorrido, dice que la mitad del presupuesto que estaba destinado para la construcción de una mejor carretera se lo robaron. Por eso es que el arreglo no duró mucho. Antes de llegar al caserío por esta carretera que parece más una trocha para carros todoterreno, es necesario pasar por dos retenes de la policía. Hace un tiempo estaban a la salida de Apartadó los militares y, un kilómetro después, había un reten de los paramilitares, en donde han asesinado a varios miembros de la Comunidad o a personas cercanas a ellos. Ahora ya no están; la situación ha cambiado y con ella las formas de control de la zona. Por ello es que nos encontramos sólo con la policía, pues el ejército está más arriba, mucho más cerca de donde se rumora está actualmente la guerrilla.

La Comunidad se encuentra ahora asentada en ’San Josesito de la Dignidad’, un pedazo de tierra al lado de la carretera un kilómetro antes de llegar a San José. A la entrada hay unas palabras escritas en un rectángulo de lámina de metal en donde le avisan muy claramente a los visitantes lo que significa entrar a la Comunidad de Paz: no se permite el porte de armas; no se acepta la presencia de ningún actor armado; no se está de acuerdo con la injusticia y ’libremente’ la comunidad participa en los trabajos comunitarios. La distribución de las construcciones forma un cuadrado en donde en dos de sus lados se encuentran dos hileras paralelas de casas de madera formado una L. En los otros dos lados se encuentran las construcciones destinadas al espacio común, como el restaurante, los salones de la escuela y un quiosco en forma de maloca en donde se realizan las reuniones de la Comunidad.

San Josesito de la Dignidad fue el nombre para este nuevo asentamiento luego que el gobierno instalara a la fuerza un puesto de policía en el centro de San José, el pueblo en donde se encontraba la comunidad antes de que fuera nuevamente desplazada. Y nuevamente, pues todos sus habitantes, sin excepción, son desplazados por la violencia, ya sea la guerrillera o la del Estado, a través de los paramilitares, la policía o el ejército. Detrás de cada uno de sus habitantes reside una historia de dolor, pero también una vida que se mantiene gracias a la esperanza que se ha construido y mantenido a partir de la creación de la Comunidad. Como nos lo dice María Frígida, una mujer de 56 años de edad, pequeña, sobreviviente de la Unión Patriótica y una de las fundadoras de la Comunidad, con una cara siempre cordial y dispuesta a contar no sólo de la muerte que los ha acompañado, sino sobre todo de las cosas buenas que han construido y mantenido: “Para nosotros fue muy placentero conformar esta comunidad a pesar de tanta muerte que hemos tenido”.

San Josesito de la Dignidad fue construido hace ya casi tres años. Su nacimiento se debe a la arrogancia del gobierno. La Comunidad es objeto de las medidas cautelares proferidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos desde su nacimiento, en el año de 1997. Estas medidas obligan al Estado a preservar y proteger la vida de los habitantes de la Comunidad y a mantener contactos institucionales con ella para discutir y solucionar sus principales problemas, no sólo de seguridad, sino también los de salud y educación. En el año 2000, posterior a la masacre de La Unión, el caso pasó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, quien dictó medidas provisionales, que significan una mayor atención a la Comunidad. El padre Javier Giraldo, quien ha acompañado a la Comunidad desde antes de su nacimiento y que siguió de cerca las negociaciones entre el Estado y la Comunidad, nos explicó cómo se llegó a esta situación.

Posterior a la masacre de La Unión, se convirtió en una obligación para el gobierno crear un espacio de interlocución con todas las instituciones del Estado que se podrían ver involucradas con la solución de los problemas de la Comunidad. En ellas participaba la Defensoría del Pueblo, el DAS, la Policía, la Vicepresidencia, la Cancillería, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Defensa, la Fiscalía y la Procuraduría. Paradójico es saber que, a pesar de tantas instituciones participando en estas reuniones, en general los problemas de la Comunidad no se resolvieron; por el contrario, se agravaron. Estas negociaciones no sirvieron para nada, según el Padre Giraldo. Por un lado, porque “(...) cuando se hablaba de desapariciones, de masacres, de quemas de viviendas, crímenes del Estado, todo el mundo se callaba, nadie decía nada, y bajaban la cabeza y nadie hablaba. Lo máximo era la Fiscalía que decía bueno, vamos a investigar a ver, y nunca investigaban.” Por otro lado, porque al final fue el gobierno el que rompió con todo diálogo y con su prepotencia no quiso aceptar una propuesta hecha por la Comunidad, y que los mismos delegados de la Policía y de la Vicepresidencia aceptaron como “sensata”, para la instalación concertada del puesto de policía anunciado por el gobierno.

“(...) nos prometieron entregar una respuesta antes de diciembre de 2004, antes de la navidad. Esa respuesta no llegó. Después tuvimos otra reunión en Enero y tampoco llegó, y llegó febrero y lo que llegó fue la masacre de La Resbalosa y de Mulatos”. Esta propuesta fue redactada por iniciativa de Luís Eduardo Guerra, uno de los más importantes líderes que han asesinado en los últimos tiempos. “Luís Eduardo, que era el líder más visionario que había visto yo ahí, siempre pensaba más allá, en el futuro”, nos cuenta el Padre. Luís Eduardo, su esposa Veyanira Ariza, y su hijo Deiner, de 11 años, fueron asesinados a “garrotazos”, como lo cuenta la Comunidad cuando se dirigían a su finca en Mulatos. Sus cuerpos fueron encontrados al aire libre por la misma Comunidad. Ese mismo día llegaron los autores del crimen a la casa de Alfonso Tuberquia, que se encuentra en la misma zona e hicieron lo mismo que con la familia Guerra: además de él, asesinaron a su esposa, Sandra Milena Muñoz, y a sus hijos Natalia, de 6 años, y Santiago, de 18 meses. Esa fue la única respuesta que llegó.

Para la Comunidad de Paz, estas masacres, pero en especial la de Luís Eduardo Guerra, tuvieron gran impacto debido al liderazgo que ejercía. En palabras de María Frígida: “La muerte de Luís Eduardo fue para mi un desastre, porque prácticamente Luís Eduardo Guerra era una de las personas que sus palabras eran tan contundentes, sus palabras eran tan sinceras; y era una persona que nunca decía que iba a echar para atrás, él siempre decía vamos para delante. Entonces yo creo que él nos ha dejado un gran ejemplo y que ese ejemplo tenemos que seguirlo por el honor y la memoria de él.”

Luego de la masacre, el Presidente Uribe en un Concejo Comunitario en Carepa lanzó acusaciones falsas contra la Comunidad y le ordena a la policía tomarse el caserío. Ahí es cuando la Comunidad decide desplazarse al terreno en donde nos encontrábamos: San Josesito de la Dignidad. San Josesito, porque es más pequeño que San José, y de la Dignidad, porque es lo que nunca perderá esta Comunidad. Por eso el nombre, nos explica uno de sus habitantes.

Haber dejado abandonado todo lo que construyeron por más de ocho años y empezar de nuevo en San Josesito fue muy duro para todos, pero como nos cuenta María Frígida “(...) todo golpe que nos dan es una enseñanza más que nosotros aprendemos para poder resistir. (...) Álvaro Uribe Vélez dijo: la Comunidad acepta la fuerza pública o se acaba. Y nosotros dijimos: es que la Comunidad de Paz no son los edificios. La Comunidad es cada uno de nosotros.” Con esta fuerza que les da sentirse parte de una comunidad, empezaron la construcción del nuevo caserío. Ya hay más de 70 familias viviendo allí y han podido crear las condiciones para ser cada vez más autosuficientes y así poder resistir los constantes ataques de que son objeto.

A la Comunidad, además de las familias que se encuentran ya sentadas allí, van llegando nuevas personas que ven en ella la única oportunidad de estas tranquilos y a salvo de la violencia. Este es el caso de Luís Alberto Jiménez y de su hija Leidy, quienes llegaron a la comunidad en la navidad pasada luego que el ejército asesinara a su esposa y le advirtieran que se tenía que ir de su finca.

El 23 de enero Luís salió de su finca y dejó a su hija junto a su esposa. “Cuando iba por ahí en la mitad del camino en Arenas Altas, me di cuenta de que había habido una incursión militar en la casa y de que mi esposa estaba desparecida.” Leidy debió salir por una ventana luego de escuchar varios disparos cerca a su casa. Su mamá había ído con unos señores a venderles unas yucas, y luego de los disparos no volvieron a saber nada de ella hasta que en la Defensoría les dijeron que habían bajado dos guerilleros muertos de esa misma zona. Luís Alberto y su hija viajaron hasta el sitio en donde tenían el cuerpo para el reconocimiento. Era ella. Se encontraba en un estado avanzado de descomposición, por lo que debió ser reconocida por las cajas de dientes que tenía. Cuando volvieron a la finca se encontraron de nuevo con el ejército, quienes les dijeron que debían cambiar la versión que habían dado a la fiscalía y decir que María Margarita Giraldo, su esposa, era una guerrillera y que además debían confesar que Leidy era una miliciana. Ellos no cambiaron la versión y por eso les tocó desplazarse hacia la Comunidad, pues “(...) ya cuando esa gente ya le dice a uno que se salga, se sabe que la próxima vez que lo encuentren a uno lo matan.”

Luís Alberto y su hija encontraron en la Comunidad un apoyo. “La comunidad no ha ayudado hartísimo, por lo menos a movernos, a hacer vueltas, o sea, a lo que hay que hacer.” Ese es también parte del trabajo de la Comunidad, que por sus mismas experiencias ha aprendido a manejar estas situaciones. Luís Alberto dice que ellos prefieren irse de la zona, pues ya es esta la segunda vez que los desplazan de la misma parte. La primera vez fue en el año 97, “(...) cuando eso nos mataron a un hermano. Yo me escapé porque a mi no me convenía, pero nos iba a matar a todos juntos.” Por eso prefieren empezar a rebuscarsen la vida en otros lados, como en Bogotá, más lejos de la violencia, pero, posiblemente, como la mayoría de desplazados, mucho más cerca de la pobreza.

Por ahora, el apoyo de la Comunidad ha sido muy importante, empezando por la misma solidaridad que pueden tener con otras personas que han pasado por lo mismo que ellos. Allí en la Comunidad tienen un techo y la comida que ellos mismos producen. Ese es el tipo de solidaridad que es cada vez más dificil encontrar.

La Comunidad vive del cultivo de maíz, yuca, fríjol, plátano, caña y un cultivo de pescado que tiene a un lado del camino. Además han encontrado un sustento en la comercialización de sus cultivos de cacao y del “primitivo”, un banano pequeño que se produce en la región. Todos los días entre semana salen la mayoría de hombres y mujeres a las fincas cercanas en donde realizan el trabajo comunal de cultivo. Nadie trabaja para sí mismo, sino para la Comunidad. Están organizados en grupos de trabajo que se componen de cuatro a cinco personas cada uno. En este momento hay 70 grupos de trabajo, según María Frígida, los cuales desempeñan trabajos varios que van desde la construcción del alcantarillado hasta la creación de objetos artesanales en el grupo artístico que ella dirige, luego que en el 2006 renunciara al Consejo Interno por la muerte de su hija de 15 años. Ese día de su muerte se fue al pueblo con una familiar a una fiesta. Lo que le dijeron es que llegó el ejercito y masacró a todas las personas que se encontraban allí mismo donde estaba su hija. El ejército luego la presentó como una guerrillera dada de baja.

Las decisiones sobre el rumbo y los planes de la Comunidad son tomadas desde el Consejo Interno, que es el órgano principal de toma de decisiones. Luego siguen los grupos de trabajo, en donde existe un coordinador por cada uno de ellos. Los grupos de trabajo se reúnen y toman decisiones que luego llevarán al Consejo Interno para tomar la decisión definitiva y que incluye a toda la Comunidad.

Como nos dice María Frígida y el Padre Giraldo, la Comunidad de Paz no es sólo una forma de sobrevivir entre una guerra que nos les pertenece y de la que sin embargo son sus principales víctimas. La creación de la Comunidad es también la construcción de un “mundo diferente”, en donde se proponen y exploran caminos de vida distintos a los que esta sociedad ofrece e impone, en donde las relaciones con la tierra y con las otras personas son sustentables y de respeto, pues “(...) la paz no se construye con las armas. La paz se construye con alternativas de vida. (...) yo creo que el llamado es que para construir la paz no se construye con las armas, se construye sin las armas, y se construye desde el reconocimiento de que nadie es más que nadie. Desde ahí se puede construir la paz. La paz se construye desde el corazón”.

Para Giraldo, “esta es una Comunidad muy soñadora (...). Es una comunidad que a mi modo de ver ha tenido una resistencia heroica. Que nos es fácil para una comunidad llegar a los niveles al que ellos han llegado de resistencia. Y me parece que esa misma resistencia los ha hecho identificarse mucho más con sus propios principios, con su propia historia, con sus propios valores, y se enorgullecen de ellos.” Por eso todo el tiempo andan armando proyectos. Entre los principales, nos dice Giraldo, se encuentra la creación de una escuela hasta el bachillerato; la remodelación de las casas para que queden con materiales mucho más resistentes; la creación de la Universidad de la Resistencia; la construcción, en medio del caserío, de un Monumento a las Víctimas, que recoja toda la memoria de los que han sido asesinados, y el proyecto de retorno a Mulatos, en donde vivían varias familas cercanas a la Comunidad que debieron desplazarse, entre otros proyectos.

Luego de escuchar y saber de tantas historias de sufrimiento y de dolor, por la muerte y el desplazamiento, por la humillación y el hambre que han debido pasar, es casi inimaginable la existencia de una Comunidad que sigue soñando y riendo, una Comunidad que sigue creyendo que se puede vivir en paz y que sigue construyendo proyectos alternativos de vida. Por eso es difícil irse sin preguntar por la fuente de tanta fuerza que sigue brotando de los corazones de estas personas y que les impulsa a seguir viviendo. María Frígida dice paradójicamente que esa fuerza proviene del dolor, pero también de una memoria que no quieren perder.

“Yo creo que por todos los que han entregado su vida por la construcción de un mundo diferente; creo que eso es lo que nos impulsa a nosotros a hacer ese cambio alternativo por la vida y por la dignidad humana.” Por eso, recordando un poema de Horderling que dice:

“Pero, donde hay peligro crece también lo que salva”

podemos decir entonces que la fuerza, la esperanza, la luz y la alegría que reflejan los ojos de María Frígida, y la de casi todos los habitantes de la Comunidad de Paz, proviene de la oscuridad y del dolor que han sufrido. Como dicen ellos mismos, este no es sólo un ejemplo para un país tan convulsionado y violento como Colombia, sino que se convierte en un ejemplo para un mundo que pareciera perder la esperanza y, sobre todo, la dignidad que ella encarna.

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