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Patria y periodismo

Por Carlos Cortés*

Domingo 27 de enero de 2008

¿Estamos enamorados de la bandera? Carlos Cortés Castillo escribe sobre las dificultades en estos tiempos para informar. No resulta fácil para el periodismo encontrar un equilibrio en medio de esta política tropical

“Sea justo, sea preciso, sea americano”, sentenció el canal de noticias Fox después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. Y más que un proverbio, se convirtió en un dogma de fe que asumió el periodismo estadounidense sin reparos. Desfilaron presentadores de noticias con el escudo de Estados Unidos, ondearon banderas en las portadas de revistas y sonaron las trompetas en los titulares de periódicos: “Una nación en riesgo”, “Una nación indivisible”. El patriotismo fue la salida más fácil.

Como parece ser la salida ahora en Colombia. A la indignación y rechazo que sentimos los colombianos por las acciones de las Farc, se sumó la intromisión del presidente Chávez, cuya popularidad en nuestro país es inversamente proporcional a la del presidente Uribe. La lucha entre el bien y el mal quedó servida. El bien encarnado en Álvaro Uribe y el mal, en Hugo Chávez. Con Satán entre nosotros, nunca fue más fácil informar.

En el caso de Estados Unidos, mientras los periodistas abrazaban y besaban la bandera, listos para enrolarse en el ejército en cualquier momento, el gobierno echó a andar una agenda política llena de mentiras. Un montaje que requería de los medios de comunicación para transmitir un estado de pánico y zozobra ante la inminencia de nuevos ataques. Algo en que el periodismo es especialista. Lamentablemente, somos mucho mejores para asustar a la sociedad que para tranquilizarla.

En el caso colombiano, llevamos largos días con sus largas noches oyendo, viendo y leyendo las mismas noticias. Una película de acción con una trama típica: Chávez, ‘El Malo’, apoya a las Farc a través de su ministro del Interior y después pide reconocimiento político para esa organización; Uribe, ‘El Bueno’, le recuerda al mundo las atrocidades de las Farc y les pide a los países europeos que la mantengan en la lista de terroristas. Enamorados de la bandera, los periodistas siguen al Presidente como quien sigue a un grupo de rock en gira. Y suenan las trompetas en los titulares: “Presidente logra apoyo en la lucha contra el terrorismo”. El Bueno regresa a Colombia como un redentor y con los bolsillos llenos (de popularidad, con la cifra récord de 80 por ciento).

No resulta fácil para el periodismo encontrar un equilibrio en medio de esta política tropical. Indigna el cinismo e inhumanidad de las Farc como indigna y preocupa la verborrea y beligerancia de Chávez. Pero encarnar al diablo en ellos no ayudará a que los ciudadanos entiendan mejor lo que pasa, ni mucho menos endiosar a Uribe ayudará a resolver la ecuación del intercambio humanitario.

Los medios de comunicación deben propender por humanizar el conflicto –como lo han hecho con campañas contra el secuestro, las masacres o el desplazamiento forzado–, pero evitar la propaganda; deben difundir las posibles señales de negociación entre las partes, construir medidas de confianza para la población, explicar los elementos del conflicto de una manera comprensible y, sobre todo, evitar la circulación de rumores. Algo que ni se buscó ni se logró en la ‘Operación Emmanuel’.

Al no poder borrar del mapa a los grupos armados, el gobierno pretende por lo menos borrar su voz. Pero nos guste o no, hace parte de nuestra realidad y debemos oírla. Que algunos periodistas o políticos de la oposición incluyan estas visiones dentro de su cubrimiento y opiniones no los hace cómplices ni terroristas. Mucho menos podemos pensar que cualquier opinión disidente amenaza la Nación y la Patria. En las amplias zonas grises debe haber especial cuidado, ya que la estigmatización es el combustible perfecto para la violencia.

Los medios de comunicación han sido un elemento fundamental en los acontecimientos más recientes de la política nacional. El proceso de la ‘parapolítica’, las denuncias de irregularidades en la desmovilización de los grupos paramilitares y la reivindicación de las víctimas son apenas unos ejemplos. Pero tal vez en este asunto con Venezuela deberían –o debieron– quitarse la camiseta un rato y enrollar las banderas. El conflicto colombiano no se resolverá a punta de abrazos de Zapatero o besos de Sarkozy.

*Director de la Fundación para Libertad de Prensa (FLIP)
carlos@flip.org.co
www.flip.org.co

Ver en línea : Fundación para Libertad de Prensa (FLIP)

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