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Opinión

Álvaro Uribe, tenso por la marcha del 6 de marzo

Antonio Morales Rivera

Jueves 21 de febrero de 2008

Álvaro Uribe, tenso por la marcha del 6 de marzo

19 de febrero de 2008, 06:03

Antonio Morales Riveira

Bogotá, Colombia

Después de la gran marcha anti-FARC del pasado 4 de febrero en Colombia, una nueva jornada contra los violentos, convocada por otro sector de la ciudadanía, se está preparando para el 6 de marzo. Pero no bien la nueva marcha nacional fue convocada (esta vez para denunciar los crímenes de los paramilitares y de sectores del Estado que han practicado el terrorismo dentro de la doctrina de la Seguridad Democrática del presidente Alvaro Uribe), el gobierno y sus más recalcitrantes y extremos defensores se apresuraron a descalificar este llamado, aduciendo que se trata de una marcha en favor de las FARC. Nada más falso. Nada más sucio proveniente de quienes desde siempre han practicado todas las guerras sucias.

Las gentes que salgan el 6 de marzo a las calles marcharán para que el país que salió el 4 de febrero no olvide nunca que no sólo la guerrilla ha herido en el alma a esta nación, sino que los grupos de autodefensa de extrema derecha aportaron, y aportan hoy aunque se digan desmovilizados, una cuota aún más sangrienta al horror de este conflicto. Lejos está esta convocatoria de pretender avalar nada del accionar de las FARC. Se trata de generalizar la condena a todos los violentos, de reparar, aunque sea en la metáfora de las banderas blancas, alguna parte del dolor sufrido por millones de campesinos que fueron y son objetivo militar del narco-paramilitarismo, no pocas veces sostenidos por agentes del Estado en claras prácticas de ese otro terrorismo, que no por estar oculto tras la mampara del poder deja de serlo: el terrorismo de Estado.

Como se dice en México, y por estos lados también, "Jalisco nunca pierda y cuando pierda arrebata". El uribismo, ahora enfrascado en una segunda reelección del mesías, no acepta protesta distinta a la suya en su corta y miope visión de la democracia que, como siempre, ha de ser excluyente. Esta vez se margina de las protestas por la vida a las víctimas de sus socios naturales, los paramilitares. Tal parece que para los sectores de la extrema derecha, que han sido cuando menos cómplices de los inenarrables crímenes del paramilitarismo, hay unos actores armados "buenos" (los paras), una víctimas "buenas" (las de la guerrilla) y otros actores "malos", además de víctimas lanzadas a la invisibilidad -los miles de muertos y los millones de desplazados causados por el paramilitarismo amparados por potentados inmensamente ricos del capitalismo agrario, el comercio y, claro está, buena parte de la clase política colombiana, treinta de cuyos congresistas pro-paramilitares están en la cárcel-.

Es decir que en este régimen que insiste a través del asesor presidencial José Obdulio Gaviria que en Colombia los crímenes de Estado "no existen como delito sistemático" y que los paramilitares "en su gran mayoría se desmovilizaron gracias a la política de Seguridad Democrática", la posibilidad de protestar sólo se le concede, por lo menos en el campo de esa cierta "ética", a quienes están de acuerdo con el gobierno, pero no a las víctimas de quienes alguna vez fueron los socios políticos y armados ilegalmente del proyecto de Seguridad Democrática.

Los datos reiterados de los falsos positivos (asesinatos de campesinos por parte de los militares para hacerlos aparecer como guerrilleros dados de baja) y de la implicación de agentes del Estado en numerosas violaciones a los derechos humanos en los últimos cinco años están al alcance de todos en Internet. Los paramilitares siguen delinquiendo desde las cárceles, sus fuerzas se reorganizan bajo el nombre de Águilas Negras y otras bandas. Basta viajar por el norte de Colombia para que ver que el para-Estado está ahí, recompuesto aun más desde las pasadas elecciones municipales, cuando se quedó con el poder y la administración en prácticamente todos los municipios de la costa Atlántica.

Al alcance de todos está la información sobre la corrupción y la penetración del narcotráfico y el paramilitarismo en diversas instituciones del Estado colombiano como el Congreso de la República, la Fiscalía General de la Nación, el Ejército Nacional, la Policía Nacional, el DAS, además de algunas gobernaciones, alcaldías, embajadas y consulados. Hay transnacionales que han financiado escuadrones de mercenarios para asesinar a líderes sindicales. Chiquita Brands, Nestlé, Coca Cola... Se trata pues de una marcha que no es excluyente y que igualmente reconoce y está de acuerdo con la del 4 de febrero, fundamentalmente contra el secuestro y las FARC. Pero, ¿dónde están los más de 500 colombianos secuestrados por los paramilitares? Dónde están sus cuerpos, habría que decir.

Una marcha pues contra la guerra en todas sus manifestaciones y no solamente favorable a la guerra contra las FARC. Por el Acuerdo Humanitario, por el regreso al campo con tierras y garantías de tres millones de desplazados, en su mayoría víctimas del paramilitarismo. Todo apunta desde el gobierno, al asociar la marcha del 6 de marzo a un falso apoyo a las FARC, a la necesidad de impedir las expresiones que no sean las suyas. Una marcha "convocada por las FARC", dice José Obdulio Gaviria. Mentira. Ese es un señalamiento del gobierno para meter en el mismo fardo a la oposición desarmada y a la guerrilla, para señalar y poner en peligro a quienes se atrevan a marchar contra los paras.

Pero esta historia no es nueva: el 12 de Octubre de 1492, Martín Alonso Pinzón avista tierra y, entre alaridos y babas, cree con el otro, su almirante, haber llegado a Sipango. De ahí las Indias y esta historia de muertes. Mil quinientos y tantas, un cartógrafo que nunca se movió de su pupitre roba datos de los que sí se movieron y dice haber hallado un nuevo continente. Las tierras empiezan a llamarse América en honor al impostor. Leoncico, un can bastardo como todos los mejores, otea un viento fresco y salta de alegría. Su amo, el tal Balboa, un empecinado del Mediterráneo, "descubre" una vez más lo que el otro mundo ya conocía y lo llama Pacífico. Mentira, nada más belicoso que este sitio. La indiada insurrecta y agredida -los caribs- responde a las masacres y quema rigurosamente aquella la primera ciudad del poder ibérico, Santa María "la antigua" del Darién. Apiadado y seguro de las enseñanzas de un tal Jesús de Nazareth, el padre Bartolomé de las Casas se empeña en narrar una historia que no es la de la corona. Habla de ellos, los indios, y los eleva a la categoría de seres humanos.

El ilustrado bandido Gonzalo Jiménez de Quesada emprende una expedición subiendo el Magdalena y tras duras marchas y otras penurias llega a la Sabana de Bacatá a matar indios. Hernán Pérez de Quesada, el brusco hermano del conquistador, somete a tortura a la indiada que inventara el recurso distractor de El Dorado. El bullonismo, aquel atávico precursor del neoliberalismo, esa enfermedad de acumular oro, causa en estas tierras de América una masacre de 16 millones de seres. Por siglos, el virreinato de la Nueva Granada importa hacia los Andes clavicordios, golas, leontinas y miserias. Un cura, un tonsurado de Roma, engaña a los rebeldes y en el Puente del Común la rebelión de los Comuneros, antes de la República francesa, es vencida y la cabeza de Galán es paseada por las tierras de Santander para que nadie nunca más se insurrecte. Viene la Independencia y con ella esta República. Doscientos años de bala, bipartidismo y más bala.

El gobierno colombiano descalifica la marcha del 6 de marzo próximo, que recoge toda esta historia. Además de querer ser por siempre sucesor de sí mismo, ¿de quién más es sucesor Alvaro Uribe?

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