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Muerte infame

Diego Arias. Columnista de EL TIEMPO

abril de 2008

Si algo ha caracterizado históricamente la confrontación violenta en Colombia ha sido la facilidad con que se traspasan los límites de lo que resulta "aceptable" en un conflicto y lo que -aun en guerra- resulta inadmisible. Así fue en la llamada "violencia" y no ha sido menos en los tiempos recientes de la insurgencia revolucionaria y la contrainsurgencia ilegal, la de los paramilitares.

Pero cuando un conflicto como el nuestro, extendido en el tiempo y en el territorio, comienza a degradarse, los desbordamientos terminan por arrastrar a la propia institucionalidad, especialmente la de nuestra fuerza pública o, al menos, a sectores o individuos que la conforman.

La muerte de una pareja de esposos, sus dos pequeños hijos y otros adultos de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó fue un acto infame y miserable. Para calificarlo, cualquier adjetivo se queda corto, incluso si se juntan. No importa si colaboraban o no con la guerrilla; su muerte y la atrocidad que la acompañó no tienen nombre. Todas las muertes duelen, pero esta y las de su tipo desgarran el alma y duelen una enormidad. No es la primera, pero ojalá fuese la última.

Duelen muchas cosas; desde el sacrificio de niños inocentes hasta la participación de miembros de nuestra fuerza pública en esa inenarrable orgía de sangre. Pero duelen también la apatía, la indiferencia, las absoluciones tempranas y la manipulación para ocultar a los responsables. Ahora que la justicia aclara los hechos y sindica a los perpetradores llega algo de alivio, pero el daño, tan irreparable como la muerte misma, ya está hecho.

Un padre suplica de rodillas en medio del llanto que no maten a sus pequeños hijos; estos llegan a creer que la familia va de paseo y una hermanita prepara un pequeño equipaje para su hermanito menor, a quien despide con la esperanza de volverlo a ver. Los homicidas toman por el cabello a la niña y pasan un arma cortante que desprende su cabeza y consuman luego con el resto de la familia la atrocidad. ¿Puede acaso la mente humana concebir más crueldad? Por supuesto que sí y ya ha pasado, pero eso no es ningún consuelo.

Hay muertes que enaltecen y tienen significado. Las nuestras solo degradan. Si se las compara con respeto, las víctimas de conflictos como el nuestro superan en mucho el dolor de sacrificios como el de Jesús en el monte Calvario hace 2.000 años. Nadie duda del sufrimiento que lo acompañó, pero la diferencia crucial es que esta última muerte tiene significado y estableció la promesa de una redención. Los muertos de San José de Apartadó, y todos nuestros muertos, los de esta guerra trágica y fratricida, no acercan nada; ni la paz, ni el fin del conflicto, ni "victorias" sobre el enemigo; son un sinsentido y no dan cuenta sino de la estupidez humana, la de los victimarios, pero también la nuestra, porque es compartida.

Cada atrocidad sienta las bases de más odio y nuevas venganzas; y que aun ocurran dice mucho de nosotros como sociedad, de nuestro atraso, de nuestra insensibilidad y también de nuestra incapacidad. La crueldad y los desbordamientos están confundidos con el conflicto mismo; lo uno siendo lo otro. Antes que llegue la paz, merezcámosla para que seamos capaces de enaltecer el repudio y la indignación contra la barbarie, transformando la rabia, el rechazo y la desazón que ella produce en una lucha pública y pacífica, pero decidida, contra tanta inhumanidad.

Las guerras tienen límites. Desde allí mismo se establecen las fronteras del país que debe quedar en el pasado y el país del porvenir. Aun con el alma destrozada y el corazón contraído, seamos capaces de sobreponernos al dolor y la indignación para exigir que haya justicia, pero también para ayudar a sanar y reparar. Que podamos reflexionar y reaccionar individual y colectivamente sobre la atrocidad y cómo contenerla.

Un horizonte de reconciliación puede transformar la guerra y a los guerreros, recordándoles a ellos y a nosotros mismos su humanidad y la nuestra. No hay que esperar el fin de las hostilidades para construir humanidad.

Diego Arias

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