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Ni ángel ni demonio

Semana.com

Domingo 31 de mayo de 2009

La captura del profesor universitario Miguel Ángel Beltrán Villegas, deportado de México la semana pasada, se ha convertido para el gobierno en una victoria en su lucha contra la guerrilla. Los organismos de inteligencia, que le seguían los pasos hace más de un año, aseguran que él es ’Jaime Cienfuegos’, un importante miembro de la comisión de las Farc, y una ficha clave en el trabajo de la insurgencia en las universidades colombianas. Para la Policía, el Ejército, y la Fiscalía, Beltrán es un peligroso reclutador e ideólogo de un grupo terrorista.

Mientras el gobierno celebraba, en el mundo académico había indignación y estupor. En la Universidad Nacional de Bogotá, los estudiantes marchan, han pegado pendones para pedir su libertad y piensan estampar camisetas con su fotografía, para usarlas hasta cuando salga de prisión. En la Universidad de Antioquia, un grupo de docentes firmó una carta en la que califican de persecución y montaje la captura. La Universidad Autónoma de México le pidió al gobierno de ese país explicaciones por la abrupta decisión de deportarlo, cuando hacía estudios de posdoctorado, y sus colegas y alumnos han empezado a denunciar que se está castigando el delito de pensamiento y criminalizando a los intelectuales sólo por sus opiniones. Para muchos de sus condiscípulos, Beltrán es una víctima inocente del Estado.

Pero lo más seguro es que Beltrán no sea lo uno ni lo otro. No es la pieza fundamental del terrorismo en las universidades de América Latina, que se disfrazaba de profesor para reclutar incautos, pero tampoco es alguien que bajó del mundo de las ideas a una cárcel, sin que mediara ningún contacto suyo con la insurgencia y la revolución.

Beltrán es un hombre de 45 años. Un académico neto, de bajo perfil, voz pausada, reflexivo, disciplinado, y querido por sus alumnos y compañeros de trabajo. Estudió primero ciencias sociales en la Universidad Distrital y después sociología, y proviene de una familia humilde de Bogotá. Su padre es un policía jubilado, y su madre, un ama de casa. Se le conocía como un simpatizante de la Unión Patriótica y del Partido Comunista, pero nunca como un activista ni vocero de estas organizaciones. Durante los años 90 estuvo en México estudiando una maestría en Flacso y un doctorado en la Universidad Autónoma de México, donde al parecer frecuentaba a Marcos Calarcá, miembro de la Comisión Internacional de las Farc. De hecho, en 2000 la inteligencia colombiana tomó una foto donde aparece Beltrán con Calarcá, Olga Marín y otro miembro de las Farc, en México. Pero no hay que olvidar que estaba en curso el proceso de paz del Caguán, y en México había licencia para que los miembros de esta guerrilla se reunieran con diferentes personalidades.

Al llegar al país se vinculó como profesor de la Universidad de Antioquia, donde fue elogiado y premiado por sus calidades docentes y académicas, y en 2005 se vinculó de tiempo completo como profesor de la Universidad Nacional en Bogotá. Algo que sólo se logra con base en méritos. El año pasado pidió una licencia oficialmente para adelantar un posdoctorado en México. Pero cuando quiso cambiar su estatus migratorio, las autoridades de ese país decidieron deportarlo, dado que existía una circular roja en su contra.

La Fiscalía colombiana lo requería acusado de pertenecer a las Farc. Se le endilga labores de reclutamiento y financiación del grupo insurgente, con base en correos encontrados en el computador de ’Raúl Reyes’. A partir de 2001 aparece en dicho computador una fluida correspondencia entre el miembro del Secretariado y un tal Jaime Cienfuegos, quien escribe documentos para consumo interno de las Farc, para Anncol y para la revista Resistencia.

En los correos electrónicos, ’Reyes’ le da orientaciones a Cienfuegos y aparecen datos que vinculan este seudónimo directamente con Beltrán. Por ejemplo, viajes que Cienfuegos anuncia que hará que, las autoridades han constatado, fueron realizados por Beltrán. También han encontrado una conexión fuerte entre éste y Liliany Obando, alias ’Sara’, líder de Fensuagro, hoy enjuiciada, y quien era la encargada, al parecer, de organizar los encuentros de diversas personas con ’Raúl Reyes’. El gobierno tiene evidencias de por lo menos tres visitas de Beltrán (o Cienfuegos) al campamento del líder guerrillero.

El caso de Miguel Ángel Beltrán, no obstante, va al corazón de un dilema jurídico y político de fondo: cuáles son los límites que separan la libertad de pensamiento de la adhesión revolucionaria, y de ésta con el terrorismo.

¿Hasta dónde una persona que comparte el ideario de la guerrilla de derrocar el régimen se puede considerar un rebelde? ¿Dónde está la frontera entre la libertad de cátedra y la inducción a la insurgencia? ¿En qué momento alguien deja de ser un revoltoso de las ideas para convertirse en parte de un grupo terrorista? ¿Hasta qué punto un intercambio de información en el terreno ideológico con miembros de las Farc convierte a un profesor en miembro de este grupo?

En primer lugar, los paradigmas han cambiado. No sólo por las políticas del presidente Álvaro Uribe, que considera a las Farc un grupo terrorista de alcances internacionales, sino porque en el mundo entero se han borrado las fronteras entre disenso y delito político, y entre éste y crimen. Hace una o dos décadas, por ejemplo, que México entregara a otro país a una persona por razones políticas era impensable, ya que era el destino predilecto de los perseguidos políticos. De hecho, el episodio de Beltrán rompe una tradición de años y muestra bien el tipo de percepción que hoy existe sobre la guerrilla en ese país que se está desangrando por la guerra contra los carteles de la droga.

En segundo lugar, en el pasado se toleraban las militancias más radicales en las universidades porque se reconocía en la guerrilla una suerte de altruismo, de lucha por el bien común y de combate a la injusticia. Pero eso ha cambiado. La degradación de los grupos armados y su desbocada criminalización han cambiado la percepción sobre la insurgencia, y lo que antes parecía tolerable, ahora no lo es.

Esta captura, además, le viene como anillo al dedo al gobierno, que hace meses ha insistido en que también se investiguen las redes de apoyo de las Farc, tanto las de políticos como las de académicos y de ONG. El Presidente ha hablado en varias ocasiones de los "intelectuales de las Farc" y de que en las universidades públicas existen "santuarios" de la insurgencia. Por eso si la Fiscalía logra demostrar que Beltrán era una alfil importante de la estrategia de la guerrilla con los estudiantes, estaría dando un golpe clave.

Pero no será sencillo. Si un profesor en clase, o fuera de ella, elogia el proyecto de la guerrilla, no está incurriendo en un delito. Es su libre opinión del debate que se da en la sociedad y cuyo escenario por excelencia es la universidad. Y está en su derecho de divulgarla, aunque las nuevas doctrinas de seguridad intenten cambiar esta realidad. Otra cosa muy distinta es si está usando su papel de maestro como careta para encubrir actividades por fuera de la ley y para instigar al delito. En ese sentido Fabián Sanabria, decano de la facultad de ciencias humanas de la Universidad Nacional, hace un llamado: "hay que dejar de pensar la vida social y política con una lógica de guerra".

Lo que tendrá que probar el gobierno es que Beltrán recibía órdenes de ’Reyes’ y que sus actuaciones hacían parte de los planes político-militares de las Farc. Algo sobre lo que los organismos de inteligencia dicen tener suficientes pruebas, después de un año de investigaciones. Ello tampoco sería descabellado. En las revoluciones hay miembros clandestinos que pasan años en la sombra llevando una doble vida. Y no se puede descartar que este sea uno de estos casos.

Lo que muchos temen es que este episodio se convierta en un nuevo estigma para las universidades y para los intelectuales críticos del régimen político en un clima de maniqueísmo y polarización política como el que hay en el país. El gobierno ha estigmatizado a muchos académicos, al tildarlos de afines a las Farc, y las ’chuzadas’ del DAS a periodistas, magistrados y la oposición han dejado la sensación de que en algunos organismos de seguridad no hay claridad sobre quién es el enemigo. Por eso es natural que se tema una cacería de brujas donde las autoridades no establezcan claros límites entre la libertad de opinión y la subversión, ni entre la rebeldía y el terrorismo.

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